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La verdadera causa
Juan Rodríguez
Desde que conocí a uno de mis amigos observé que su temperamento es tremendamente explosivo y vive lleno de ira. Utiliza su verbo para herir a los que tratan de corregirlo o presentan oposición a sus ideas. Si se siente amenazado, ataca sin pensarlo dos veces. Básicamente, vive en guerra con el mundo. También, me llamó mucho la atención que habla muy mal de su madre, utilizando adjetivos muy despreciativos.
Siempre supe que la ira que desataba hacia su madre y los demás era producto de sus propias experiencias de vida. Nunca le pregunté nada sobre sus actitudes, ya que a menudo estas personas no conocen la fuente de sus energías negativas. Otras veces, saben perfectamente que en su interior se han enraizado sentimientos negativos pero no logran darse cuenta de cómo se manifiestan en su mundo exterior.
Recientemente, en una conversación que tuvimos me dijo que había sido molestado sexualmente por su tío y al contárselo a su madre, ésta no le creyó ni le hizo caso. Creció con esta experiencia por dentro, sin contársela a nadie; lleno de vergüenza. Ahora en su adultez, sin haber resuelto este asunto, todavía despliega la ira que le provocó la traumática experiencia, especialmente el silencio de su madre. Después de escuchar su relato supe inmediatamente que esa era la verdadera causa de su ira.
La persona que se lanza a la tarea de destruir a otra, con o sin justificación, está emocional, mental y sicológicamente enferma. Si ataca a alguien que no conoce o con quien nunca ha convivido, ya está carcomida por todas las desdichas que ha cosechado durante su difícil vida. Muy frecuentemente estas personas utilizan el chisme como arma de guerra.
Se ha demostrado científicamente que el chisme es utilizado por personas que desean sentirse superiores. Inventan historias para difamar a los demás, poniéndose ellas en un pedestal. El chisme también sirve para llamar la atención, sentirse parte de un grupo y tener control. Otras personas recurren al chisme por celos o simplemente por aburrimiento-¡increíble! Se ha determinado que un alto porcentaje de estas personas demuestran tener grandes niveles de ansiedad. No tienen paz mental.
Un ser humano estable no utiliza ni una pizca de su energía para destrozar la reputación de otra, ya que sabe que el amor y el perdón son los únicos antídotos para disolver cualquier experiencia traumática. Si se conoce a él mismo, se valora, atesora sus experiencias de vida, vive lleno de afecto y lo rodea la verdad, nunca se echará a sus espaldas una tarea de tan bajo calibre.
Por el contrario, una persona que detesta su vida, vive inconforme con lo que le rodea y sufre de baja autoestima, ataca a otros para hacerlos partícipes de sus desdichas. Como no ha logrado disolver la causa de sus males, desea ver a los demás sufriendo. Cuando desea hacer más daño, escudriña la vida personal de su víctima para tratar de encontrar su talón de Aquiles. Esta acción puede ser comparada con el adicto que ya no tiene dinero para comprar su droga y decide robarle a su propia madre.
Este ataque personal es a veces dirigido hacia las personas que dedican su vida a servir a los demás (sacerdotes, ministros, facilitadores de Metafísica, etc.), para tratar de demostrar que no son merecedores de servirle al género humano y no tienen derecho a espiritualizarse. Pero en los asuntos del Espíritu, la personalidad carece de importancia. Un ser humano emocional y mentalmente saludable reconoce y respeta las fronteras que dividen lo personal, familiar, grupal y profesional. Nunca cruza éstas porque no siente la necesidad de hacer daño y no le hace falta engrandecerse con los asuntos de otro.
Volviendo al caso de mi amigo, él pelea con el mundo para tratar de disolver las causas que producen sentimientos negativos en su interior. Toma a sus congéneres como conejillos de Indias para evitar encontrar las causas del mal en él mismo. Siempre hablará de los defectos de los demás, nunca de los que lo carcomen a él, ya que le produciría mucho dolor. Sin embargo, detrás de su conducta lo que realmente desea es ser aceptado y amado por los que le hicieron daño.
Es importante resolver los conflictos y traumas que se vienen arrastrando desde la niñez. Mientras más se resuelven, más libre se queda uno de las energías tóxicas que envenenan el corazón. Aquel que ha resuelto gran parte de ellos, se vuelve más pacífico, paciente y complaciente. Vive tranquilo. Respira paz. Irradia alegría.
De ahora en adelante, al escuchar o ver a cualquier persona haciendo daño, recordemos que la verdadera causa de su ira y, por consecuencia, su desdicha está dentro de ella misma. Seamos amorosos, compasivos y perdonadores. Más importante aún, démosle gracias a Dios por tener sanidad mental y vivir radiantes de felicidad.
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