Pura Santidad

Juan Rodríguez


Desde hace muchos años existe en mi biblioteca una copia polvorienta de los "Ejercicios Espirituales" de San Ignacio de Loyola que compré con la intención de leerla inmediatamente. Pero nunca lo hice por estar envuelto en otras lecturas. Este era el único conocimiento que tenía de la vida de este santo que se retiró a escribir estos ejercicios en una cueva que todavía puede visitarse en una ciudad encantadora llamada Manresa en España. Jamás hubiese imaginado que algún día estaría pisando este lugar inundado de tanta santidad.

Me sigo sorprendiendo de los regalos que me ofrece Dios, porque tienen que entender que en una época de mi vida me quisieron hacer pensar que este mismo Dios me rechazaba. Por eso llegar a estos lugares santos se reviste de un gran valor que no puedo expresar con palabras. Siempre bendigo, aunque sea en silencio, a todas las personas que hacen posible que lo pueda lograr.

San Ignacio de Loyola fue el fundador de la Compañía de Jesús. Después de haber sido gravemente herido en una guerra, comenzó a leer escritos espirituales mientras convalecía. Un día tuvo una visión de la Virgen con el Niño Jesús que lo inspiró a renunciar a la milicia. Se fue al Monasterio de Monserrat a entregar su vestidura militar para dedicarse a la vida religiosa. Luego se encerró en una cueva en Manresa donde, reflexionando profundamente sobre su vida, escribió los tan conocidos "Ejercicios Espirituales".

Se respira un caudal de santidad en la pequeña cueva que San Ignacio iluminó su alma. La cueva, custodiada en la entrada por siete hermosos ángeles, está inundada de una energía que obliga al silencio, a cerrase al mundo exterior para escuchar lo que tiene que decir el alma. Me senté un rato a meditar sobre mi vida, lo que siempre hago en estos espacios que se prestan para los asuntos del interior. Aunque es cierto que al llegar a estos lugares santos uno se impregna de los electrones que se conservan en los planos invisibles, de nada sirve visitarlos si uno no observa su propio estado interior. Uno escudriña también la vida del santo para ver cómo nos puede ayudar en nuestra vida presente.

Lo primero que me viene a la mente es que muchos santos han tenido que atravesar un periodo de intensa reflexión sobre la vida que han llevado antes de decidir abocarse a la vida religiosa. Debe de haber un acto de conciencia puro y genuino para determinar que la vida que se llevaba estaba incompleta, no producía alegría y, más importante aún, no estaba contemplada dentro del Plan Divino de Perfección. Esto fue lo que San Ignacio hizo en esta cueva: encontró su propia verdad y eligió seguir el camino del servicio a la humanidad. Si no hubiera sido porque este santo vivió en esta cueva, pasaría totalmente desapercibida. Por eso lo importante no es sólo llegar físicamente al lugar sino reflexionar sobre lo que pasó en él.

Llego a estos lugares santos que tanto me mueven por dentro y me dejo impregnar por lo que me corresponde. No pierdo la oportunidad de profundizar en mi camino de retorno al Padre. Uno de mis objetivos es seguir buscando herramientas que me ayuden a sostener el deseo de servir al prójimo en mi interior. Honestamente, no sé si algún día me sentaré en la tranquilidad de mi hogar a leer los Ejercicios de San Ignacio, pero ya hice un ejercicio muy importante: llegar a esta cueva santa y meditar en la vida de este siervo de Dios.

De Manresa nos fuimos a Monserrat, un lugar para el cual nadie me preparó y que me dejó tremendamente impactado. Había llegado al hogar del Santuario de Nuestra Señora de Monserrat y de un monasterio benedictino que actualmente alberga cerca de ochenta monjes. En la cumbre de esta imponente montaña fui testigo de una de las manifestaciones más hermosas del poder creador de Dios. No pude emitir palabras. De hecho, comprendí que no son necesarias estando cerca del cielo.

Se nos dijo que Monserrat es el Chakra Cardíaco de la Tierra, pero que no era necesario creerlo por sólo haberlo escuchado. En los primeros minutos de haber estado pisando la tierra, no me quedaron dudas de que allí pulsa el corazón de la tierra. Al mirar cada una de las montañas, que parecen decenas de dedos apuntando hacia el cielo o agujas magnéticas que canalizan la Energía Divina, las sentí pulsando y sosteniendo el indescriptible amor con que bañan a la raza humana. Estas montañas estan vivas y no se necesita tener poderes especiales para observarlo y sentirlo.

En un lugar conocido como la Cueva Santa se encontró la primera estatua de la Virgen de Monserrat, una virgen negra conocida como "La Moreneta". Esta estatua ahora se encuentra en una hermosa basílica enclavada en la montaña. Su rostro, de facciones perfectas, penetra el corazón del que la observa con amor. Estuve mucho tiempo contemplándola, ya que después de embrujarme, mi mente quedó inundada de cientos de pensamientos hermosos. A ella le pedí que me liberara de todas las imperfecciones que cargo y me hacen perder temporalmente la armonía. Nunca había estado frente a la estatua de una virgen de la cual no me pudiera despegar. Pero así es el amor a primera vista.

En una capilla, desde la cual se puede ver la parte posterior de la estatua de la virgen, me encontré una de las estatuas del Arcángel Miguel más energéticas que he visto en mi vida. No sé si fue que sentía la necesidad de invocarlo, pero me detuve frente a él para pedirle protección. La mayoría de las personas que van a ver la virgen pasan de largo por esta capilla, sin enterarse que es el Arcángel Miguel quien protege este recinto sagrado. En Monserrat sentí que estaba en un verdadero templo.

Antes de entrar a la basílica me había detenido en el lugar exacto donde San Ignacio renunció a la vida militar y decidió abocarse a la vida religiosa. Aquí uno se detiene a pedirle al santo que lo llene de valentía y fortaleza, dos cualidades que son muy necesarias cuando voluntaria y amorosamente se decide trabajar con los seres humanos.

Al finalizar todo el recorrido, me senté solo en una muralla a contemplar el atardecer y dejar que mi mente se alimentara con los paisajes tan espectaculares que el día regalaba. Solamente se percibía Luz. No sabía qué más hacer o pensar. Ya mi ser estaba inundado de todo lo que se genera ininterrumpidamente para el mundo entero en Monserrat.