La belleza del arte

Juan Rodríguez


El amor que le tengo a Frida Khalo hizo que tomara un avión y me fuera al estado de Minnesota, localizado en el norte de Estados Unidos. En el conocido Walker Arts Center, en la ciudad de Minneapolis, se presentaría una de las más grandes exhibiciones de la obra artística de la pintora mexicana Khalo. Sobre ésta, hablaré más adelante.

Aterricé temprano en la mañana en el aeropuerto de Minneapolis-St. Paul, las Ciudades Gemelas de este estado que nunca antes había visitado. Aquí nace el río Mississippi, el segundo más grande del país, que desemboca en el estado de Louisiana. El día estaba tremendamente frío y ya había copitos de nieve flotando en el aire. Desde la pequeña ventana del avión observé a los trabajadores del aeropuerto descongelando los aviones.

Al cruzar el centro de la ciudad de Minneapolis, las calles estaban desiertas; no se veía ni una sola alma. Eran las nueve de la mañana y me estuvo muy raro. Me pregunté, con un poco de preocupación, a dónde había ido a parar. Tomé mi celular y llamé a dos amigos para contarle sobre la desolación de la ciudad.

Llegué al Bed and Breakfast donde me hospedaría y fui recibido por Kelly, el dueño, quien me brindó una amplia sonrisa y un cálido recibimiento. Inmediatamente le expliqué lo que había experimentado, pero ya se había dado cuenta de mi sobresalto. Me tiró otra sonrisa y firmemente me dijo: "Esto no es New York". Al escucharlo, todas mis preocupaciones se desvanecieron y me sentí completamente aliviado. Caí en la cuenta de que no estaba en Minnesota para que mis sentidos vieran imperfección, sino para contemplar la belleza del arte.

Tan pronto dejé mi maleta en el hermoso cuarto, me fui al Weisman Art Museum, que se encuentra en el campus de la Universidad de Minnesota. El museo tiene una fachada espectacular, hecha en acero inoxidable y diseñada por Frank Ghery, el mismo que diseñó el Guggenheim de Bilbao en España. Lo sorprendente de este famoso arquitecto americano es cómo toma las placas de acero inoxidable y las manipula como si fueran papeles. De hecho, cuando comienza a diseñar un proyecto en su oficina, toma pedazos de papel y los arruga con sus manos para tener una idea de las formas naturales que obtendrán sus diseños.

Antes de entrar al museo, me detuve en un balcón gigante que tenía como fondo el río Mississippi y los rascacielos del downtown. Sentí una energía que vino del cielo y la aproveché para hacer unos poderosos decretos que despertaran la conciencia de la gente de la ciudad y de todo el estado. El río Mississippi se levanta con una gran fuerza espiritual en su lugar de nacimiento, y siendo una columna vertebral del país, irradia Luz a su acelerado paso. Estuve un rato decretando, ya que la energía así lo permitió. Sentí que las bendiciones caían en un terreno fértil. Entré al museo, y al mirar hacia afuera por una de sus grandes y asimétricas ventanas, el cielo se había despejado totalmente y la potente luz del sol acariciaba el moderno diseño del Weisman. El museo es pequeño, así que recorrí las dos exhibiciones temporales en poco tiempo. Me encantó-y sorprendió- que su diseño permite que de noche uno pasee por sus alrededores y pueda observar algunas obras de arte.

Por la tarde, tomé un autobús para ir a la ciudad de St. Paul, a 30-45 minutos de Minneapolis, dependiendo del tráfico. St. Paul es la ciudad más sofisticada, y también posee varios centros de arte. Caminé hasta el Science Museum of Minnesota a ver la exhibición Un día en Pompeya, con la cual quedé fascinado. Pompeya, una ciudad de la Antigua Roma, fue destruida por una erupción del Monte Vesubio en el año 79 después de Cristo. Lentamente recorrí la exhibición, compuesta de 250 piezas, deteniéndome en cada obra de escultura y pintura originales de la época. Las esculturas y los frescos me dejaron impresionado. Esta fue una gran cultura donde el arte floreció y adornó las casas de los más ricos.

La última sala recreaba la explosión del Monte Vesubio, e incluía esculturas que se hicieron utilizando los cuerpos de la gente que quedó atrapada en este siniestro. Murieron más de 2,000 personas. Aquí el ambiente estaba inundado de mucha tristeza, sentimientos que los observadores eran capaz de sentir vivamente. Todo en la vida es temporal; todo tiene su etapa de gloria y de decadencia.

El sábado por la mañana tenía mi primera cita importante con Georgia O'keeffe en el Minneapolis Institute of Art, un museo que tanto su diseño como sus obras me dejaron extasiado. Éste se encuentra entre los diez más importantes de la nación. Georgia O'keeffe: Circling around abstraction, es una exhibición que recoge cuarenta obras de esta artista norteamericana que se conoce mundialmente por sus pinturas de temas florales. Quizá uno de tus calendarios tiene una pintura de O'keeffe. Lo que me fascina de su obra es que sus pinturas me trasportan a mundos superiores. Los colores pasteles y sus líneas suaves, utilizando frecuentemente el círculo como figura geométrica central son fascinantes. O'keeffe, al ser cuestionada sobre su fascinación con las flores, dijo: "Decidí que si podía pintar una flor a gran escala, usted no podría ignorar su belleza".

Como estoy tomando un curso sobre Impresionismo, me fui a esta sala a ver qué encontraba. Contemplé obras de los grandes impresionistas que comenzaron este movimiento en 1860 en París. Lo que me encanta de este grupo de pintores es que se rebelaron contra el gobierno que los forzaba a pintar dentro del estilo clásico. Los impresionistas comenzaron a pintar "en plein air" (al aire libre) y a captar la impresión que les causaba los eventos cotidianos de la renovada ciudad de París. Cuánta alegría y satisfacción causa ver una obra que se ha estudiado, y observarla con algún conocimiento de su pintor y su historia. Me quedé embelesado con la obra de Van Gogh "Olive Trees" (1889). Aunque este pintor francés es post impresionista, su obra resalta por su ritmo y sus brillantes colores. El estar sentado frente a esta obra, me produjo tremenda alegría. Fueron muchas las personas que se posicionaron frente a ella para admirarla.

Por fin llegó el domingo, y la exposición de Frida Khalo me esperaba en el Walker Arts Center, un museo dedicado al arte moderno y contemporáneo, con una fachada espectacular. Antes de entrar al Walker, me fui al Jardín de Esculturas que está frente al mismo. Me deleite paseando y deteniéndome en las esculturas que más me llamaron la atención. Entre ellas reconocí trabajos de Serra y Calder, que ya había visto en el Museo de Arte Moderno en New York. El parque es grande pero se recorre lentamente con inmenso disfrute.

Todavía no puedo explicar mi amor hacia Frida Khalo, y no deseo pensar que es algo de otras vidas, ya que pecaría de modesto. Cada vez la comprendo más, y no conforme con ello, me introduzco en su vida para conocerla mejor. Nunca me hizo falta hablar con ella, ya que su obra pictórica es el testimonio honesto de lo que fue su vida. Una existencia llena de gran dolor y de aparentes periodos de felicidad. El inmenso amor que siento hacia ella, hizo que viniera a esta ciudad, que podría considerarse un punto perdido en el extenso mapa de Norteamérica. Pero valió la pena invertir toda esta energía, ya que estar cerca de su obra evoca miles de sentimientos inexplicables dentro de mí.

Esta no era la primera exhibición que veía de Khalo, pero definitivamente ha sido la mejor. Frida Khalo, la exhibición que conmemora sus cien años de nacimiento, recoge cincuenta de sus mejores pinturas y ochenta fotos de ella y su familia, nunca antes exhibidas en ningún lugar del mundo. Al entrar me dieron un ipod que no sólo explicaba las obras más importantes sino que contenía vídeos de Frida y de profesores de arte hablando del tema. También tenía fotos y explicaciones de los símbolos que tanto Frida utilizó en sus obras. ¡Impresionante!

Las pinturas de Frida pueden considerarse surrealistas, simbólicas y realistas. La pintura principal de esta exhibición es Dos Fridas (1939), su primer trabajo a grande escala después de su primer divorcio con el famoso muralista Diego Rivera. Aquí Frida se presenta con dos personalidades: una con el corazón roto, emoción que le produjo la separación de Diego, y la otra alegre, con el corazón lleno de vida. Nunca nadie ha podido explicar este amor, y no seré yo quien lo intente. Cuando Diego se casó por primera vez con Frida, éste le dijo que no sabía lo que era la monogamia y nunca le podría ser fiel. Pero Frida se había enamorado perdidamente de él y lo aceptó como era. Esta pintura representa la doble vida que llevó Frida, inmensamente feliz con Diego e inmensamente triste sin él.

Cómo una artista puede capturar el dolor y sus más profundas emociones en una pintura. Los sentimientos son invisibles y, por consecuencia, no se pueden ver. Frida creció como artista al poder trasmitir sus más puros sentimientos, con todas sus ramificaciones, en estos óleos llenos del dolor y la tragedia que caracterizaron su corta vida. Mis emociones galopaban porque sentía ese dolor no como propio sino muy cerca de mí. Si Frida no hubiese vivido tan intensamente, ¿hubiese podido crear esta maravillosa obra pictórica?

Me llamó la atención ver que aún en sus pinturas de naturalezas muertas (bodegones) el dolor se había hecho presente en símbolos. Aunque los colores de estas pinturas son alegres, los símbolos hacen que el observador piense nuevamente en su dolor. Por necesidad económica, Frida tuvo que pintar cuadros de naturalezas muertas que fueran alegres y que la gente deseara comprar. Algunas personas rehusaron poseer el dolor de Frida.

La última sala, que contenía las ochenta fotos, fue el toque final de la exhibición. Ver de cerca estas fotos, me acercaron a la familia de Frida. Es interesante saber que desde que Diego vio a Frida por primera vez, supo que sería una gran artista. Al salir de la exhibición, la fila para entrar era interminable. ¡Quizá no soy el único que muere por Frida!

El día estaba hermoso. El sol se había apoderado de la ciudad y hacía calor. Me quité el abrigo, y lleno de rebosante felicidad, caminé hasta la Basílica de Santa María, la basílica más antigua de todo Estados Unidos. Entré en el momento en que se celebraba la eucaristía y me senté tranquilamente a observar las decenas de niños que habían sido bautizados. Le di gracias a Dios por el viaje tan armonioso que había tenido. Ya había cumplido todos los objetivos y me sentía plenamente feliz.

Le tomé cariño a la ciudad, a la que podría volver para llenarme de la belleza que guardan sus museos. Mi vuelo de regreso fue perfecto. Desde mi ventana observaba el cielo azul, despejado, que recibía los primeros dorados rayos del sol. Venía leyendo las Cartas de Shamballa, que me trasportaban a un plano donde sólo habita la Luz. Son estos los momentos donde sobran las palabras.

Cuando llegué a New York, le pregunté al chofer del autobús si iba a Manhattan, y de mala manera me preguntó si había leído el letrero que informaba hacia donde se dirigía. Me molesté tanto que le dije que si le preguntaba algo, él me tenía que responder. Visiblemente alterado me comenzó a decir miles de cosas, que no escuché porque seguí caminando sin prestarle atención. Al sentarme, me dije sonriendo: ¡Esto sí es New York!