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Sirviendo a los pobres
Había leído en un libro del Prof.Cedeño, prolífico escritor de Metafísica, que hay lugares que uno escoge ir, pero que a otros, a uno simplemente lo llevan. A mi me llevaron a Calcuta, específicamente a la tumba de la Madre Teresa. Fue una experiencia sorpresiva, que asumí con inmensa gratitud y profundo amor. La lección que aprendí quedó grabada en mi alma, y por siempre será un punto de Luz en mi conciencia.
Cuando planificamos el viaje a la India, la ciudad de Calcuta no estaba en el itinerario original. No conocía los detalles de la vida de la Madre Teresa, ni mucho menos que su tumba estuviera en esa ciudad. Mi conocimiento sobre ella se reducía a saber que había ganado el Premio Nobel de la Paz (premio que le fue otorgado en 1979) y se dedicaba a trabajar con los pobres en la India.
Dos días antes de salir de viaje, mi agente me llamó para informarme que haríamos una parada de cinco horas en Calcuta, antes de llegar a Madrás, nuestro destino final. Cuando le informé este cambio a mis compañeros de viaje, mi amigo Rubén me dijo que debíamos visitar la tumba de la Madre Teresa. Acepté la idea como una buena alternativa para matar tantas horas de espera.
Tan pronto llegamos al aeropuerto de Calcuta, el guía aceptó llevarnos al lugar por quince dólares por persona. Estaba tan cansado, que me senté en el autobús despreocupadísimo del asunto. Calcuta es una de las cuatro ciudades más importantes de la India. El guía nos dijo que se encontraba entre las más pobladas y pobres del país. Pero al adentrarnos en ella, no vi la pobreza ni el hacinamiento de gente del cual se nos había hablado. Observé una ciudad más moderna, limpia y organizada que las otras que ya habíamos visitado. Poco a poco, sin darme cuenta, me fui encariñando con las imágenes que mis ojos veían. Sentí una inexplicable alegría de recorrer aquellas calles, y hasta deseé volverlas a pisar algún día.
Después de aproximadamente cuarenta y cinco minutos, el autobús se detuvo en una congestionada calle, dejándonos al costado de un edificio blanco, grande, pero muy sencillo. Atravesamos un callejón, y de pronto nos encontramos dentro de la Casa Madre, sede de las Misioneras de la Caridad. En su interior, los alrededores lucían impecables. Sólo había una joven pareja de turistas y nosotros cinco en el lugar. El resto del espacio estaba inundado de un gran silencio.
Entramos callados a un salón grande, sin ningún tipo de adornos, donde estaba la tumba de la Madre Teresa. Hecha de piedra blanca y adornada con guirnaldas de flores de color naranja intenso, que inmediatamente llamaban la atención. En una esquina del salón, una monja, vestida con el sari blanco con bordes azules, característico de la orden de las Misioneras de la Caridad, leía un pequeño libro sin pestañear. Otra vez, el silencio y la santidad eran tremendamente perceptibles.
Me detuve frente a la tumba, la toqué con mis manos y mi espíritu se conectó con "algo" que fluía, pero que era imperceptible a los sentidos humanos. Allí sólo estaba el cuerpo físico de la MadreTeresa, pero una fuerte energía me estremeció todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Era como si me hubiese conectado con la esencia de este santo ser que trabajó incansablemente por los desvalidos, maltratados, olvidados, rechazados, incomprendidos, condenados, juzgados y, por supuesto, "los pobres de los más pobres". Me fui llenando de todo lo que ella dejó allí impregnado y que mi verdadero ser comprendía y aceptaba. Comprendí cientos de cosas en pocos segundos. Fue como haber tenido una conversación sin palabras. Así me di cuenta de que me habían llevado a Calcuta.
Le pedí a la Madre Teresa que me bañara del inmenso amor que caracterizó su vida, especialmente para que nunca se me olvidara el compromiso que había hecho antes de nacer de servir a los pobres. ¡Cómo escribir lo que no sucede en palabras! ¡Cómo describir el amor tan profundo que sentí por la Madre Teresa! ¡Me resistía a despedirme de ella!
Salí del salón, y volví a mirar la estatua de bronce de la Madre Teresa, situada cerca de la puerta de salida, y la sentí completamente viva. De pronto, el silencio que llenaba aquel sagrado recinto fue interrumpido por las voces melodiosas y angelicales de un coro de las Misioneras de la Caridad. Me sentí en el mismísimo cielo. Le pedí al guía que me llevara a comprar una estatua de la Madre Teresa, que deseaba llevarme como un simple recordatorio de lo que había vivido y la lección que me habían dado.
La Madre Teresa debe ser un ejemplo a seguir para los que practicamos Metafísica, y para todos los que dicen estar en algún tipo de sendero espiritual. Lo que ciertamente caracteriza y revela el grado de desarrollo interior de un ser humano, es la capacidad y disponibilidad de servicio a los demás. Para prestar este servicio, hay que olvidarse de uno mismo. No se puede escoger a quién servir, ya que la comida espirtiual es para todo hambriento que se sienta en la mesa. El servicio no puede ser discriminatorio. Todo ésto lo tenía claro la Madre Teresa, quien hizo que se calculara el costo del banquete que se daría en su honor como recipiente del Premio Nobel de la Paz, y se utilizara el dinero para comprarle comida a los pobres.
He aprendido, y quizás esta visita fue una reconfirmación de ello, que son muy pocas las personas que practican las enseñanzas que predican. Mientras hablan del amor de Jesús, condenan desde el púlpito a las personas que no siguen al pie de la letra los cánones inventados por los hombres. Mientras adoran las estatuas del Buda, inventan miles de rituales-con los cuales el Buda no tiene nada que ver- y los hacen requisitos de una supuesta filosofía sagrada. Mientras le llevan flores y leche a los dioses que son representativos de los aspectos de Dios, sus vidas no reflejan una transformación cónsona con el grado de fe que dicen tener. A través del tiempo, la gente que se autodenomina religiosa ha vivido vociferando unas enseñas y un desarrollo interior que no demuestran con hechos. "Por sus frutos, los conoceréis"
Es sólo a través del servicio y el roce con lo demás que quizás sintamos que nos estamos desarrollando un poco por adentro. Hace poco un estudiante me dijo que él y su madre creían que su padre había alcanzado la ascención al morir. Inmediatamente le pregunté qué servicio a la humanidad había prestado su padre. No hubo respuesta. Me dijo que su padre había sido un hombre muy trabajador, responsable, honesto, amoroso y religioso. ¿Sabes tú cuánta gente hay con esas cualidades en el mundo?, le pregunté. Creo que entendió un poco la seriedad del planteamiento.
Fue en Darjeeling, ciudad al pie de
los Himalayas, que la Madre Teresa se dio cuenta de que no podía seguir trabajando como una simple maestra mientras la gente se
moría de hambre en las calles de Calcuta. Una sola experiencia es lo que necesitamos para observar que la humanidad necesita ayuda
urgentemente y no podemos estar cruzados de brazos en la casa fregando, viendo novelas, cocinando, comprando y pasándola bien.
¡Hay que actuar!
Mahatma Gandhi, viajando en un tren
en Sudáfrica, fue expulsado de la sección de primera clase por ser hindú. Él reaccionó formando el movimiento de no-violencia más
grande que se haya conocido en el mundo, con el cual liberó a la India del Imperio Británico. Gandhi no se percató del problema y se
sentó en su casa a ver cómo se solucionaba, sino que actuó. Por eso la Madre Teresa sentía un inmenso amor por Gandhi, y
compartía lo que él decía sobre el servicio: "Aquél que sirve a los pobres, sirve a Dios".
El primordial mensaje de la Madre Teresa es el siguiente: sirviendo a los pobres se sirve realmente a Dios, y estando con los pobres se está cerca de Dios. Mucha gente promete servir, pero a la hora de la verdad, se esfuman como las pequeñas olas en la orilla del mar. Incontables veces uno se encuentra haciendo el trabajo solo, pero no importa, ya que es un mandato del interior que no se puede resistir.
No sé si tenga la oportunidad de visitar la tumba de la Madre Teresa nuevamente. Son muchas horas de vuelo las que nos separan. Quizás no es necesario volver. Porque el día que la vida me sorprendió llevándome a Calcuta, volví a abastecerme del Amor que se necesita para servir a los pobres. ¡Gracias a la Madre Teresa ese compromiso de servicio fue renovado!
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