La Ley de la Causalidad

Juan Rodríguez


El año pasado, después de haber terminado un curso sobre Impresionismo, me aventuré, con un grupito de estudiantes metafísicos de New York, a dirigir una visita guiada en la sala de Impresionismo del Museo de Bellas Artes de Boston. Allí le impartí todos los conocimientos que recientemente había adquirido, además de transmitirle mi amor por las obras pictóricas que admiramos. La razón por la cual me atreví a hacerlo fue porque sabía que ninguno de los estudiantes que me acompañaba conocía nada sobre el tema. La verdad es que pasamos una velada exquisita.

Ahora bien, ¿ustedes se imaginan que después de haber hecho esto, y tomando muy en cuenta el conocimiento que comenzaba a tener sobre el tema, le hubiese pedido a Rubén que me permitiera dirigir una visita guiada a un museo con las "cabezas de grupo" internacionales, que son personas muy viajadas, profesionales en diferentes áreas y con un gran nivel de cultura? ¡Nuca se me hubiese ocurrido! ¡Hubiese sido una idea totalmente absurda!

Existe la Ley de Causalidad que, explicándola sencillamente, ubica a todo el mundo en la vida. Ella nos coloca naturalmente donde debemos de estar; ni más ni menos. Nuestros roles en nuestra vida privada como pública están determinados por esta ley y, por supuesto, por muchas otras. Como las leyes divinas son infalibles, sabemos que no puede haber errores en esta ubicación. Por lo tanto, nos corresponde a nosotros mismos reconocer y aceptar nuestro lugar. Aquella persona que se desubica, en otras palabras, que se quiere ir por encima de la ley o la desobedece, sufre las consecuencias de sus acciones.

Como todo es causal, nunca casual, uno no debe competir con nadie, ya que todo el mundo está donde debe estar. Tampoco debe imitar a nadie porque la ley no ubica a dos personas en un mismo lugar. El que trata de usurpar el lugar que ocupa una persona, será aplastado por la propia ley. Léanlo bien: es la misma ley que, al ser ignorada, actúa para llevarlo todo a su estado natural de perfección y armonía. Muchas veces culpamos a otras personas por lo que nos sucede, ya que convenientemente se nos olvida que son las leyes la que se encargan de hacer justicia.

¡Que bueno que existe y vivimos bajo esta ley! La que también nos garantiza que podremos ejercer otros roles más retantes sólo cuando estemos listos. No hay que tratar de llamar la atención; ni hay necesidad de ir en contra de nadie. De manera natural surgirán más oportunidades para crecer y hacernos más visibles, si es que esto último nos interesa. ¡No hay que hacer nada! Recuerde que dentro de su microcosmo, esta ley lo ubicará en un lugar. Pero, al mismo tiempo, al entrar a un macrocosmo, la misma ley lo ubicará en otro. En otras palabras, la Ley de Causalidad jerarquiza sutil y justamente a todos los seres humanos. Por esta razón, es inútil irnos contra ella.

Cuando uno acepta su lugar, vive feliz y se siente en paz y armonía con todo el mundo. ¡Gracias Padre!