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La Ruta del Buddha
Juan Rodríguez
Antes de comenzar a estudiar metafísica, no sabía quién era el Buddha. En los años '80 un desconocido me enseñó el libro "Siddharta", una novela que hace alusión a su vida, diciéndome que debía leerlo, pero la inmadurez de mi edad hizo que no le prestara atención, y nunca lo compré ni lo leí. No me da vergüenza admitirlo, ya que precisamente en esta confesión radica la importancia del viaje que Rubén y cinco estudiantes del Grupo Metafísico de New York hiciéramos a la India para recorrer la ruta del Buddha, quien hace muchos años fue coronado como el "Señor del Mundo".
A mí me toco ir buscar a Rubén al Aeropuerto Kennedy en Nueva York cuando regresó de su viaje a la India. Recuerdo perfectamente que estaba impecablemente vestido con ropa hindú moderna. Se veía espectacular, pero más importante aún, su rostro estaba completamente luminoso y su ser irradiaba una felicidad indescriptible. Tan pronto llegamos a mi apartamento, comenzó a sacar de sus maletas, las cuales se habían convertido en cofres de tesoro, todo lo que había comprado para darle clases a los metafísicos. Quedé impresionado con los grandes tankas, pinturas exquisitas que mostraban buddhas que conocía por primera vez. Esta fue la experiencia que me hizo desear ir a la India.
Llegamos a la India tarde en la noche, cansados del largo viaje desde Nueva York. Debido al pesado tráfico, nos tomó más de dos horas llegar al hotel. El gentío, el gran bullicio en las calles y los fuertes olores, me impresionaron inmediatamente. Esto nos perseguiría por todo el país. Los dos días que estuvimos en Nueva Deli, los aprovechamos para comprar ropa hindú y visitar la casa de Gandhi
Desde la capital nos tomamos diez horas para llegar en autobús a Lumbini, Nepal, el lugar donde un plenilunio de mayo nació Siddharta Gautama, quien luego el mundo conocería simplemente como el Buddha. ¡Cuánto había soñado con estar aquí! Su lugar de nacimiento está perfectamente marcado. Se conoce que este es el lugar exacto por un pilar de Ashoka, un emperador hindú que se encargó de poner pilares en todos los lugares donde el Buddha estuvo y difundió su enseñanza. Tuvimos el hermoso lugar sólo para nosotros, así que lo disfrutamos sin prisa. En cada uno de los lugares que visitamos durante toda esta ruta, Rubén se sentaba con nosotros y nos instruía sobre el lugar y las enseñanzas del Buddha. Por causalidad, la noche que pasamos en Lumbini fue de luna llena.

Visitar Kavilavastú, el lugar en el cual se encontraba el palacio donde vivió el Buddha, no estaba en el itinerario. Rubén insistió que convenciéramos al chofer a que nos llevara. Pero el chofer se mantuvo diciendo que no sabía dónde era hasta que le ofrecimos $50. El camino para llegar a esta ciudad era muy difícil, y como había llovido, las carreteras de tierra estaban en malas condiciones. Pero al llegar a la cerca de alambre que encierra el lugar y ver el letrero que explica lo que había sucedido allí, toda incomodidad se deshizo. Sin duda alguna, Kavilavastú es un lugar mágico. El joven príncipe Siddharta se escapó una noche de este palacio con el deseo de descubrir la causa del sufrimiento humano, que ya sus ojos habían atestiguado. Aquí, que sólo quedan algunos ladrillos, él se crío en la riqueza pero luego renunció a todo de manera voluntaria y permanente. Recuerdo que el guía nos señaló el lugar donde él meditaba, y allí me senté a pensar sobre este ser que apenas comenzaba a conocer. Rubén corrió para la puerta este por la cual el príncipe se había escapado. Para mí, Kavilavastú fue uno de los puntos más mágicos de este viaje.
Llegar a Kushinagar nos tomó horas y horas debido a un tranque de camiones en una de las carreteras. Primero fuimos a la pequeña capilla donde el Buddha estuvo en cuerpo físico por última vez y se comenzó a sentir enfermo por una comida contaminada que le habían ofrecido. Es un lugar bien pequeñito pero con una energía sublime. Luego fuimos al lugar de su desencarnación, en el cual construyeron una gran stupa blanca hermosísima. En su interior, la larga estatua de un buddha reclinado me dejó sin aliento. Como era la primera vez que veía algo similar, no salía del asombro, especialmente al ver cómo la gente lo cuidaba y vestía como si fuera un ser humano real. Finalmente, escalamos hasta la cima de la stupa en la cual ocurrió la consumación del cuerpo físico del Buddha. Kushinagar es una ciudad sagrada, y no existen palabras para describir lo que allí se siente. Los momentos en que Rubén nos hablaba pausadamente y con un visible sentimiento de regocijo y admiración por el Buddha, son los que he llevado grabados en mi alma.

En la ciudad de Vaishali, el Buddha ofreció su último sermón. Quedé impresionado con su belleza. El pilar de Ashoka, con capitel de león, que marca este acontecimiento está intacto e impresiona. Aquí el Buddha, en un importante sermón, instó a sus discípulos a que fueran lámparas para ellos mismos. Debajo de la sombra de un árbol y bañados con la luminosidad del lugar, recibimos estas palabras que son una guía inequívoca para todo aquel que desee alcanzar la iluminación.
Cuando llegamos a Rajgir, para ascender a la Colina de los Buitres, un guardia hindú, amigo de Rubén, nos estaba esperando. Su encuentro fue muy emotivo y sorpresivo. Subimos en silencio hasta el lugar donde el Buddha predicó uno de sus sermones más hermosos: el Sutra del Diamante, el cual plantea la vacuidad de las cosas. Desde esta montaña la vista del lugar es increíblemente hermosa y la energía hace que nos vaciemos de todos los pensamientos que obstruyen la claridad del camino que debemos recorrer. Rubén nos había hablado mucho de este lugar, y verdaderamente es un lugar que tiene que visitarse.
El punto culminante de este viaje fue llegar a la ciudad de Bodhgaya, donde el Buddha logró su iluminación una luna llena de mayo. Tan pronto uno llega, se transporta a otro mundo. La ciudad es hermosa, la gente es muy amable y existe un aire de apacibilidad en el ambiente. El gran parque que guarda el árbol Boddhi, cerca de una gran stupa dorada, es tan hermoso que uno no lo quiere abandonar. Hay que recorrerlo varias veces, dejándose impregnar de toda la energía que contiene. Este es uno de los lugares más sagrados de la Tierra, ya que en profunda meditación, el Buddha descubrió la existencia y causa de nuestro sufrimiento y cómo podíamos hacer que ese sufrimiento, causado por la ignorancia, cesara.
Muy cerca de allí se encuentra el Parque de los Ciervos en la ciudad de Sarnath, en la cual el Buddha por primera vez le habló a sus primeros cinco discípulos sobre las verdades que había descubierto en su interior a través del más puro proceso de observación. Este es el punto de origen de su enseñanza, que transformaría- y sigue transformando- a tantas mentes humanas. Por esta razón se dice que aquí el Buddha "giró la rueda del dharma". No existen palabras adecuadas para describir la belleza física del lugar ni para hablar de la importancia de pisar esta tierra santa e impregnarse de este momentum de expansión.
No fue tarea fácil dejar a la India porque uno se encariña grandemente con el país, su gente y sus costumbres. No existe otro país en el mundo donde el incienso se mezcle con el mal olor que produce la falta de salubridad, o se observe la espiritualidad atada a pensamientos de extrema pobreza, o los grandes templos contrasten con la falta de una básica infraestructura. En medio de estos intensos contrastes e increíble caos, se encuentran los lugares más sagrados en los cuales hace ya más de 2,000 años la conciencia de un ser humano se levantó por encima de todo lo aparentemente negativo y, levantando el dedo índice de su mano derecha, prometió traer la salvación del mundo. Ahora comprendo que el Buddha tuvo que ser testigo de esta falta de orden para haber deseado descubrir por qué los seres humanos sufrían y cómo podría eliminar su sufrimiento.
La Señora Santidad, Guardiana Silenciosa de la India, se encarga de cuidar a todos los peregrinos que con un deseo ferviente y sincero se lanzan a la aventura de hacer esta ruta sagrada. Cada milla recorrida, junto a cada tropiezo que pueda surgir inesperadamente, hace que se recorra con más conciencia. En cada esquina de esta tierra será testigo de cosas que nunca verá en ninguna otra parte del mundo. Por esto, cuando esté de regreso a su casa, la comenzará a extrañar y deseará volverla a visitar. ¡Gracias a la entereza de Rubén también pudimos hacer completamente esta ruta! ¡Enhorabuena!
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