Mi Vipássana

Juan Rodríguez


Después de haber leído el artículo que escribió Rubén sobre sus experiencias en el Vipássana de diez días, decidí, conmovido por su historia, que era algo que deseaba hacer. Así fue que con su ayuda conseguí toda la información para irme al centro del pueblo de Kaufman en el estado de Texas. Antes de tomar esta decisión, leí todas las estrictas reglas que se debían seguir durante los días en que se enseñaría esta milenaria técnica de meditación que el Buddha utilizaba para la purificación de la mente. Le adelanto que nada de lo que uno pueda leer o alguien le pueda explicar prepara a uno para este encierro con uno mismo. Ya estando en progreso el curso, me di cuenta por qué Rubén me había enviado un correo electrónico-que gracias al Padre leí horas antes de entrar al centro-donde me decía: "…aguanta, aguanta, que lo mejor es el final."

Primer golpe

El primer golpe lo recibí al entregar mi billetera, que no sólo contenía dinero sino todas mis identificaciones, mi celular y mi iPod. Con esta acción comenzó el fuerte proceso de destruir mi ego. Ese mismo día, cerca de las ocho de la noche, comenzó una de las reglas más difíciles de observar: el Noble Silencio. Por los próximos diez días, no tendría comunicación con el mundo exterior ni con las setenta personas que me acompañaban. No podía hablarles, mirarles ni hacerles ningún gesto de comunicación. Este silencio hace que la única posible comunicación que exista sea con uno mismo. Nunca en mi vida me había sentido tan ignorado, tan nada. Caminaba por todos los lados mirando hacia el piso y comía mirando solamente al plato de comida. Es bien difícil tratar de describir lo que se siente.

Choques

Ya después del segundo día quería abandonar el centro con todas las fuerzas de mi corazón. Me convencí que no era para mí, y comenzaron a chocar violentamente mis creencias con la estructura tan inflexible del curso. La mente me disparó todas las excusas posibles para abandonar el lugar y mi cuerpo físico comenzó a sentir los estragos del hambre y las diez horas diarias de meditación sentado en posición de loto. En los días que más deseos tuve de irme me dieron diarreas, náuseas y taquicardia. La primera vez que decidí irme y comencé a empacar no encontré el encargado de los hombres, a quien debía informarle sobre mi partida. Los busqué todo el día pero no apareció. Al otro día me enteré que lo habían cambiado de posición.

Chocolates de menta

Cuando a las cinco de la tarde me sentaba a comer una manzana, una china y un guineo, con un vaso de agua, me daban ganas de echarme a llorar. Sabía que esta merienda era la última del día. Hasta las seis y treinta de la mañana del día siguiente no comería más. Comencé a pasar mucha hambre, lo que no me dejaba dormir. Pasé hambre hasta que descubrí que durante el almuerzo ponían unos chocolates de menta que había visto en el supermercado. Así que el tercer día, haciendo malabares para que nadie me viera, tomé varios chocolates para alimentarme de noche. La cosa funcionó tan bien, que llegué a tomar hasta quince chocolates en un día.

¿Estoy loco?

Llegó el momento que me pareció cosa de locos estar allí. No le encontraba la lógica al sufrimiento que vivía. Me sentí encarcelado y privado de mi libertad. Seriamente me pregunté si estaba loco. Furtivamente miraba a mis compañeros y los veía haciendo un esfuerzo para sobrevivir. No percibía alegría. Recordaba los congresos de Metafísica a los que había asistido y me decía: ¡Qué diferencia abismal! Todos los días quería abandonar el centro, pero al final no me fui gracias a que recordaba el correo de Rubén: "…aguanta, aguanta que el final es lo mejor".

El infierno

Una mañana, caminando por las veredas que habían en el centro, me dije: "No aguanto más. Estoy en una cárcel. Esto es el propio infierno." Pero miré a mi alrededor y observé que el lugar era hermoso, las facilidades físicas excelentes y los servidores muy amables. Así me di cuenta que el infierno era yo mismo, y se manifestaba en toda la energía negativa que brotaba de mi propio ser. Estaba en mi propia cárcel. Esto lo escribo simplemente pero no es tan fácil de digerir cuando uno se da cuenta inesperadamente.

En la gloria

Hubo dos momentos en que me sentí en la gloria. El primero fue el día que enseñaron la técnica del Vipássana. Como quería realmente aprenderla, ese día me senté recostado de una pared y pude seguir la instrucción por sus dos horas de duración ininterrumpidas. Sentí un torrente de Luz recorriendo todas las partes de mi cuerpo físico según el maestro nos iba dirigiendo ordenadamente. Fue una experiencia sublime que al final hizo que se me saltaran las lágrimas de tanta luz que había recibido. Esta experiencia sola valía todo el sacrificio que había hecho. El otro momento fue cuando el maestro dio la técnica para pedir perdón.

Hijo de la Libertad

Durante una meditación mañanera, ya no soportaba el dolor de espalda. Se me dormían mucho las piernas y me era casi imposible mantenerme sentado en posición de loto. Sufriendo todo tipo de molestias y dolor físico, comprendí que soy un hijo de Saint Germain y, por consecuencia, de la Libertad. La mente me lanzó imágenes de lo arduo que fue liberarme de mis ataduras en los años de adolescencia. Observé que durante toda mi vida he estado enfrascado en un proceso de liberación. Jamás en mi vida había invocado tanto al Maestro. El Maestro Saint Germain apoya todo ser humano que se compromete a ser libre para luego ayudarlo en Su causa de Libertad en la Tierra.

Inyección de Luz

Una de las cosas que más disfrutaba eran las charlas del maestro, a quien veíamos en vídeos todas las noches. Como eran al final del día, tenía que luchar para no quedarme dormido. Al escuchar las primeras, me dije: "Ya Rubén nos ha hablado de eso." Pero, sin darme cuenta, la enseñanza del Buda me la fueron inyectando por las venas. Es la única forma que lo puedo describir. Sentía que por mi sangre corrían los puntos más importantes de la enseñanza que dio el primer ser humano que descubrió cómo ponerle punto final al sufrimiento. "Tú eres tu propio maestro" retumbaba en mi mente una y otra vez, para que quedara grabado con letras de fuego en mi interior.

El Noble Silencio

El día que terminó la regla del Noble Silencio nadie se atrevió a hablar. Cuando un valiente finalmente rompió el silencio, todos nos echamos a reír a carcajadas. Fue bien extraño comenzar a conocernos después de tantos días. Uno no se da cuenta pero es este silencio que nos prepara para el encuentro con nosotros mismos.

Reflexión

Camino al aeropuerto de Dallas tenía sentimientos mixtos sobre la experiencia. Estaba física y mentalmente agotado. Ya no quería recordar lo que había vivido. Deseaba llegar a mi apartamento, comer y reconectarme con el mundo que había dejado suspendido. Tan pronto entré al taxi que me llevaría a casa, mi mente me comenzó a develar las ganancias del curso que había terminado. Durante los aproximadamente treinta minutos que duró el viaje, comencé a sentir en mi interior lo positivo de este encierro, y por primera vez acepté que la experiencia había traído ganancias permanentes a mi vida.

Ganancias

Mi mayor ganancia fue concienciar profundamente que la liberación total de todo nuestro sufrimiento sólo se alcanza a través de la observación constante de las raíces de las energías negativas que habitan en nuestro ser. Esta observación, por supuesto, tiene que ser objetiva, lo que sólo se logra observando el momento. Por esta razón no puede haber pasado ni futuro. Hay que reconocer y aceptar que somos nuestros propios maestros y nadie puede hacer este trabajo por nosotros. El estar estos diez días en observación nos ofrece una pequeña idea del compromiso gigantesco que debemos de hacer si realmente queremos liberarnos para siempre de todo lo que nos hace daño. Es un proceso serio que requiere una "Fuerte Determinación". Es también arduo y muy largo. Es una tarea individual a la que cada cual debe abocarse con su propia energía.

Metafísica

Ya tengo un camino que comencé a recorrer hace muchos años: la Metafísica. Estoy bien claro que no soy el mejor que lo recorro y que podría haber avanzado más. Pero independientemente de esta claridad, confirmé que es el camino donde deseo permanecer. Me ha traído toneladas de felicidad, y también es el camino en el que he encontrado seres humanos que se han convertido en mi verdadera familia. Me encantó haber aprendido la técnica del Vipássana que el Señor Gautama utilizó miles de años atrás pero ahora más que nunca tengo claro que el camino que escogí es el correcto para mí.