¿Qué importa?

Dedicado a la poetisa chilena Gabriela Mistral

Juan Rodríguez


Desde que pisé Chile, me di cuenta de que nadie mencionaba el nombre de Gabriela Mistral, de quien había leído varios poemas. En un periodo de mi vida durante el cual leí las biografías de mujeres latinoamericanas famosas como Alfonsina Storni, Frida Kahlo, Julia de Burgos e Isadora Duncan, puse a Mistral a la misma altura de todas ellas. Estas mujeres fueron auténticas y rompieron con muchas barreras de su época. Todo el mundo me hablaba de Neruda, lo que me parecía perfecto ya que me fascina su poesía, pero no entendía por qué no hablaban de esta laureada poetisa chilena.

Decidí comenzar a preguntar. Estando en la casa de Neruda en Isla Negra le pregunté al guía por qué no se hablaba tanto de Mistral. Era una pregunta incómoda, ya que nadie quiere hablar de esta poetisa estando en la casa de uno de los más brillantes poetas del siglo XX. El guía titubeó y no me contestó nada. En La Chascona, la casa de Neruda en Santiago, no me hicieron caso. Pero en La Sebastiana, la casa de Neruda en Valparaíso, la chica que cuidaba uno de los pisos se ofreció a contestarme cualquier pregunta que tuviera sobre la vida del poeta. Le hice varias, las cuales contestó demostrando que tenía conocimiento del tema. De hecho, varias personas se acercaron a ella para escuchar sus explicaciones. Aquí aproveché para hacerle la misma pregunta: ¿Por qué no se habla tanto de Gabriela Mistral? La chica no pensó su respuesta dos veces y me respondió: "Porque era mujer y lesbiana". Contestó con tanta firmeza que las personas que se había arremolinado alrededor de nosotros se esfumaron de inmediato. Todavía la palabra "lesbiana" puede causar esta reacción en algunas mentes humanas. Después de ser testigo de esta inesperada situación, me pregunté: ¿Qué importa que haya sido lesbiana?

En el camino de regreso a Santiago, decidí que, sin conocerla mucho, le escribiría este escrito a Gabriela Mistral. Tengo que aclarar que no sé si la información que me ofreció la chica sobre la sexualidad de Mistral es cierta o no, pero me da igual. Ya he dicho y escrito cientos de veces que un ser humano no puede ser juzgado por su preferencia sexual. Sería muy triste que la contribución cultural de un hombre homosexual o una mujer lesbiana fuera echada al olvido por esta única razón.

Pero "nadie se queda con nada de nadie" reza un refrán muy popular en mi tierra. Hace apenas unas cuantas semanas, ciento sesenta y ocho cajas que contienen gran parte de la vida de Mistral, en cartas, poemas inéditos, grabaciones, fotografías, películas y objetos personales, quizá se encargarán de presentarnos su nueva cara. Por espacio de cincuenta años, este legado estuvo guardado celosamente por su secretaria y albacea Doris Dana, mujer en quien sus brazos expiró la poetisa.

"Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas enseguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos", le escribió Mistral a Doris en diciembre de 1948. Este extracto se desprendió de una de las cartas encontradas en estas cajas. En las mismas, también se encontró la siguiente grabación telefónica:
 
  -Hoy es nuestro aniversario de siete años, dice Doris.
  -Es extraño que teniendo tantas cosas para conversar estemos
   hablando de ésto, responde Gabriela.
  -De cómo nos hemos juntado, hace siete años, octubre 1 de 1948.
   Es lindo, ¿no?
  -Es lindo, sí. Hay que cuidar ésto, Doris. Es una cosa muy delicada,
   el amor.

Si esta minúscula parte de la vida de Mistral, que ya salió a la luz pública, causó un tremendo revuelo, no puedo imaginar lo que sucederá cuando finalmente se construya el verdadero retrato de esta Premio Nobel. El contenido de esta carta y grabación me pareció hermoso y no puedo negar que hasta me hizo suspirar de emoción. Creo que empañaríamos esta relación si perdemos el tiempo, como ya han hecho algunos estudiosos mistralianos, tratando de definir el tipo de amor que estas mujeres se profesaron. Ojalá los seres humanos se amaran más, y el contenido de sus conversaciones estuviera lleno de la ternura y sensibilidad con la cual se hablaban estas mujeres.

Gabriela Mistral nació el 7 de abril del 1889 en Vicuña, Chile. Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayata (nombre de pila) tomó los nombres de sus poetas favoritos, Gabriela D'Annunzio y Frédéric Mistral, para adoptar el seudónimo con el cual se conoció en el mundo. Reconocida poeta, educadora, diplomática y feminista, se convirtió en la primera personalidad latinoamericana en ganar el Premio Nobel de Literatura en el año 1945. Todavía sigue siendo la única mujer latinoamericana que ha ganado este prestigioso premio. Como su padre abandonó su familia cuando ella tenía tres años, Mistral comenzó a trabajar como ayudante de maestra a la edad de catorce años.

A los quince años publicó sus primeros versos en los periódicos locales. En 1906 se enamoró de Romelio Ureta, un empleado de ferrocarril, que se suicidó tres años más tarde de conocerla. Los primeros versos importantes de Mistral surgieron a raíz de esta traumática experiencia. Con Sonetos de la Muerte, que pertenecen a su primer libro Desolación (1922), se consagró en los Juegos Florales de Chile.

Con su título de maestra primaria fue escalando posiciones hasta ser nombrada directora de una escuela superior. Eventualmente, la Universidad de Chile le otorgó el título de Profesora de Español. En 1922 se fue a México, invitada por el presidente, a trabajar en la reforma educacional y creación de bibliotecas populares en ese país. De aquí en adelante, Mistral visitó Estados Unidos, Centroamérica y Europa desempeñándose como profesora, conferencista y cónsul. En 1947 recibió un doctorado honoris causa de Mills Collage en California. Cuatro años más tarde, se le otorgó por primera vez en Premio Nacional de Literatura en Chile. Ya para esta época se había publicado gran parte de su obra, y Mistral recorría el mundo esparciendo sus versos dedicados a la vida, la muerte, el amor, la patria y, por supuesto, los niños.

El 10 de enero de 1957, a la edad de sesenta y siete años, Mistral entregó su corriente de vida en la ciudad de Hempstead, New York. En un gran acto de amor, Dios le concedió su último deseo: morir en los brazos de Doris. Nada más que decir… ¡Celebremos nuevamente el poder del amor y la memoria de la gran poetisa Gabriela Mistral!