Recordando a Norita

Juan Rodríguez


Dedicado con inmenso amor a Nora Vásquez de Cedeño
(1/26/34-4/22/07)

Este es un escrito que debí haber hecho hace un año atrás, cuando acompañé a Rubén y su familia a despedir a Norita. Pero mis padres habían sido diagnosticados con cáncer el mismo mes que Norita desencarnó, y conscientemente evité escribir sobre el aprendizaje tan grande que recibí durante los días que estuve en California, en la casa que Norita vivió junto a Don Rubén, su esposo de tantos años.

Me encontraba con un amigo en un gigantesco supermercado, cuando me percaté que alguien había dejado un mensaje en mi teléfono. El mensaje era de Leo, el hermano de Rubén, diciéndome que Norita había desencarnado. Le dije a mi amigo que tenía que regresar a casa para tratar de localizar a Leo y me diera más información. Como Rubén estaba en Guayaquil dando conferencias y tuvo que viajar hasta San Francisco, pasaron par de días sin que nos pudiéramos comunicar. Me sentía angustiado sin saber lo que él iba a hacer y sin imaginarme cómo se encontraba.

Inmediatamente que pude hablar con él, supe que tenía que estar a su lado. En todos los años que lo conozco, nunca lo había sentido tan triste. A través de su voz, sentí el dolor que atravesaba. Con las millas que había acumulado en American Airlines, conseguí un pasaje gratis para California. Todo estaba en armonía. Me sentí aliviado al saber que estaría cerca de Rubén y su familia. Ya sentado en el avión, pensé que realmente no conocía tanto a Norita, ya que nuestros encuentros habían sido esporádicos. Entonces saqué su libro "En el Rincón del Valle", que lo había echado a propósito en el bulto de mano, y me dispuse a conocerla en las seis horas de viaje que me esperaban.

Conocí a Norita por primera vez a principios de los años 90, al asistir a mi primer congreso de Metafísica en Caracas. Me pareció única en su forma de hablar, vestir y tratar a la gente. Sé que todos los seres humanos son únicos y que existe un solo molde por cada uno de ellos, pero hay personas que se distinguen más que otras porque no se copian de los otros moldes existentes. Norita no fue una copia de nadie y se mantuvo fiel a su propio molde. Esta fidelidad a ella misma, la hacía resaltar entre la gente. Tan pronto la conocí, me trató como a un viejo amigo. Los amigos de Rubén eran también sus amigos. Ella vivía agradecida de que los amigos de su hijo lo respetaran y le profesaran cariño.

Ella siempre se hacía presente en las conversaciones que tenía con Rubén o en los artículos o notitas que escribía y eran publicados en la página web de la Metafísica. Una vez, junto a Rubén, la visité en su casa en Rohnert Park, California, y recuerdo que se desbordó en atenciones para todos los que allí estábamos reunidos. Inundó la casa de alegría con el talento innato que tenía para hacer reír y amenizar estos encuentros. Otro de sus talentos lo desplegaba en la cocina. Desde que comí sus arepas venezolanas, jamás he probado algo similar. Como Rubén siempre venía durante las Navidades a New York, Norita me enviaba una tarjeta navideña que venía en el mismo paquete donde estaba el regalo de su hijo. Sin decírselo a nadie, esperaba siempre esta tarjeta que contenía mensajes hermosos en su interior.

El día de la cremación de Norita, nos reunimos en una capilla hermosa, que inundamos de música sagrada. Rubén se puso el Manto de Zadquiel e inició el Servicio de Desencarnados. Luego nos pidió, al puñado de personas que lo acompañábamos, que dijéramos algunas palabras, si lo deseábamos. Mis palabras fueron muy breves y lloré al sentir un amor profundo por Norita. "No sabía que la quería tanto", recuerdo que dije. Mi admiración por Norita se produjo al leer su libro, que es un resumen del intenso mundo que saboreó hasta su último día. La historia de su familia, su matrimonio, su mundo profesional, sus mágicos viajes, su adorada Metafísica, su nuevo comienzo en Estados Unidos, y, por supuesto, sus fabulosas recetas. Todas estas historias, relatadas como si no las estuviera contando sentada en la sala de su casa.

Después del servicio, Rubén se fue al cuarto de cremación a hacerle los últimos decretos de Llama Violeta al cuerpo de Norita. No es nada fácil ver como se deteriora físicamente una persona que amamos, pero nos puede aliviar saber que la Luz que la animó en vida es perdurable y, por consecuencia, nunca se extinguirá A Norita la despedimos en el plano terrenal pero totalmente conscientes de que su alma iría a planos luminosos donde seguiría su evolución.

Al siguiente día, nos fuimos al parque Viña del Mar en el pueblito de Sausalito, muy cerca de la Bahía de San Francisco. Allí, inundados de emociones y haciendo oraciones, esparcimos sus cenizas para siempre. Norita no pudo haber escogido un lugar más hermoso y sereno. Era un día precioso, perfecto para que su alma se alegrara al cumplírsele su último deseo.

El día que yo desencarne-que se tome este escrito como testamento- deseo que me hagan los mismos servicios que le hicieron a Norita. Y si no me da tiempo a escoger el lugar donde se esparcirán mis cenizas, entonces que se seleccione un lugar hermoso y tranquilo como el parquecito que Norita tuvo la dicha de escoger. Deseo paz y toneladas de amor el día que tenga que partir de esta tierra.

Viviré eternamente agradecido de que Rubén me permitiera haber estado a su lado en esos momentos de tanto dolor. Para mí, fue una experiencia de aprendizaje increíble que definitivamente tenía que vivir. De hecho, Rubén me dijo que lo estaba viviendo porque lo necesitaría. Sus palabras fueron proféticas. Gracias a Norita por las "migajitas" que nos dejó en su refrescante libro. Sé que ya estás en el mundo que tú misma describiste: "mi mundo interior grande, inmenso como una galaxia, fuera del alcance de todo problema".