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Rescatándonos
Juan Rodríguez
Todos los seres humanos desempeñan un rol en su vida diaria. Desde el más sencillo como puede ser el de ama de casa hasta uno más complicado como ser presidente de un país. A través de estos roles usualmente desarrollamos habilidades y destrezas en ciertos aspectos de la vida y le damos rienda suelta a lo que nos apasiona. Hay personas que llevan diferentes roles al mismo tiempo, lo que hace que su aprendizaje se diversifique. No existen roles buenos o malos sino que todos nos permiten crecer y convertir nuestra vida en un gran centro de aprendizaje.
Existen otros roles que llevamos inconscientemente. Es decir, no nos damos cuenta de que los jugamos y nos hacen daño. De todas maneras, si no nos hacen daño, nunca es bueno jugar un rol que desconocemos. El propósito de estos particulares roles es sanar heridas que se encuentran escondidas en lo profundo de nuestro mundo subconsciente. Algunos de estos son: el rol de perseguidor, abusador, castigador y rescatador. El rescatador se encarga de "salvar" gente, ya que si logra "salvarlas", supuestamente borra una memoria de su vida donde nadie pudo "salvarlo" a él. Este rol se asume para sanar heridas del pasado. Pero como dije anteriormente, sucede de manera inconsciente.
Una gran amiga mía asistía a la universidad y tenía excelentes calificaciones. Se vestía fabulosamente hasta para ir al supermercado y no miraba a todo el mundo. Se jactaba de ser muy selectiva a la hora de escoger sus amistades. Sus roles se mantuvieron estables hasta que conoció al que se convirtió en su esposo, quien era un usuario de todo tipo de drogas. Después de muchos años, me la encontré hecha un guiñapo y con la cara llena de las marcas del abuso físico que sufría. Atrás quedó su vida glamorosa y sus estudios. Al asumir el rol de rescatadora, pensó que podría cambiar a su esposo y convertirlo en un hombre "bueno" (sobrio y pacífico). Aunque lo intentó con todo su corazón, no pudo lograrlo, ya que como dice el refrán: "nadie aprende por cabeza ajena". Durante una conversación que tuvimos me confesó que deseaba conservar su matrimonio para que su hijo tuviera un padre y no le pasara como a ella… Aquí estaba la explicación de su conducta y de su rol inconsciente.
A ella la entiendo perfectamente porque yo también me pasaba tratando de rescatar personas. Ya lo hago muchísimo menos. He asumido ese rol, a veces no tan inconscientemente, con la intención de sanar o compensar por cosas que me han faltado. Todo ser humano, al observar detenidamente su vida, se dará cuenta que en su proceso de crecimiento ha carecido de afecto, amor, tranquilidad, perdón, comprensión y un sinnúmero de cosas más. Sin embargo, no se puede devolver el pasado al presente y cambiarlo mágicamente. Tenemos que dejarlo ir y liberarnos, pensando que vivimos en un presente repleto de posibilidades.
Creo que mi amiga se perdió en la búsqueda de su felicidad. Se confundió. Las memorias del pasado la ahogaron para que no pudiera ver la esperanza del presente. Las heridas de su interior salieron a flote y, al verlas nuevamente, tan frescas, se comenzó a castigar inmisericordemente. Su verdugo fue el rol que asumió y que pensó erróneamente que le transformaría la vida. ¡Qué complicada es la mente! Puede servir como un gran instrumento de construcción pero también se encarga de destruir, especialmente si vivimos dormidos o totalmente inconscientes.
El año pasado, exactamente durante sus doce meses, estuve bien perdido. Puse toda mi energía y atención en un lugar que quizá no lo ameritaba. Ahora me doy cuenta de que por lo menos no debí haberla puesto al cien por ciento allí, ya que fue como haber sacado todo el dinero de mis ahorros y apostarlo. El problema de estar perdido es que vives flotando en unas circunstancias que te mueven interna y externamente pero nunca sabes a ciencia cierta por qué están sucediendo. Nos perdemos por falta de claridad. Por duros golpes que recibimos, también nos perdemos y andamos sin rumbo.
Después de toda una vida tratando de rescatar gente, ahora me tocaba rescatarme a mí mismo. Fue un proceso gradual. Tuve que atravesar muchas situaciones y hasta necesité vivir en aislamiento por una decena de días para que me fuera dando cuenta de lo que vivía. También necesité ayuda de gente que observaba mi mundo desde afuera. El día que finalmente me liberé totalmente, me dije con firmeza: "Juan estuvo perdido pero ahora Juan ha rescatado a Juan." Esta simple oración que vino a mi mente inesperadamente significó el final de ese año tan intenso, durante el cual se desvaneció mi Norte. Desde ese día, volví a ser el ser humano que muchos conocen y me sentí totalmente feliz. Me había liberado del encierro del pasado, del sufrimiento, y de los roles negativos que muchas veces asumimos sin darnos cuenta.
La única verdad es que no podemos rescatar a nadie que no lo desea. ¡Grabémoslo para siempre! El rol de rescatador hace mucho daño. Al final, no se logra rescatar a nadie ni se sana ninguna herida porque la sanación interior tiene que ser un proceso totalmente consciente. Lo que sí debemos hacer siempre es rescatarnos cuando nos vemos perdidos. No debe darnos vergüenza admitir que nos hemos descarrilado, ya que sólo reconociéndolo, seremos totalmente libres.
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