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Sobre el dolor
Azucena Maldonado
Enero 29, 2008
En mi lista de navidad le pedí a Dios más sensibilidad porque creo que me falta mucho de eso y mucho amor.
Entonces conocí el dolor. Fue un choque frontal con el presente. No sabía que tenía un quiste en un ovario y decidió reventar el 5 de Enero mientras yo manejaba. Estaba causalmente con alguien de mi grupo llamado Jesús. El dolor fue tan intenso que sólo atiné a decirle a Jesús que me llevara a la sala de emergencia. No podía respirar, no podía controlar el dolor y cuando llegué a la emergencia me di cuenta que no podía ni caminar. En la sala de emergencia sentí que me moría, hice llama violeta y pedí perdón por todo en mi vida. Me pusieron en una silla de ruedas, suero, una bata y me mandaron de urgencia al hospital. Jesús me ayudó en todo, en cambiarme, en empujarme, en llevarme al baño y demás. En el hospital permanecí casi 8hrs. Nunca lo hubiera podido hacer sola...
Silenciaron mi dolor y entonces ya en la sala de emergencia del hospital pude observar a tanta gente sufriendo igual que yo que me conmovió profundamente. Me hice uno con ellos. En el dolor no hay futuro ni pasado, hay un "ahora" eterno que silencia tu mente sin buscar consenso. No tenia ganas de hablar, ni de charlar, ni de escuchar tonterías, nada me parecía importante. La risa de los enfermeros me parecía un insulto lacerante frente a tanto dolor en la cara de la gente. Pero me vi en los enfermeros también, totalmente ajenos al dolor humano, perdidos en su celular, en su plan para la noche, en su chisme sin sentido. Cuantas veces he pasado yo misma frente a gente que sufre sin siquiera mirar esos ojos que piden ayuda en silencio, sin darme cuenta que sólo me pedían silencio y respeto a su dolor.
En la camilla del hospital pensaba que todo lo que sucedió fue ajeno a mi voluntad, que no tuve ni pude controlar absolutamente nada, ni siquiera el dolor. Me di cuenta, quizás por primera vez en mi vida, que gran ilusión es vivir. Ni de mi respiración soy dueña, ni de mis piernas, ni mi cerebro, nada...
En los siguientes días, dependí de la buena voluntad de la gente que me rodea y me quiere para tomar y comer. Me atendieron, me mimaron y me dejé querer. A nada dije que no porque los necesite a todos. Le abrí la puerta al amor otra vez. Como nos cuesta dejarnos querer...Me di cuenta que he vivido en un castillo de cristal por muchos años, ajena al dolor y al sufrimiento ajeno, construyendo paredes en lugar de sentimientos profundos. Siento que eso cambió.
Hablando con mi hermano, me explicó que los quistes son formaciones calcificadas, duras y una vez más entendí lo que había pasado. Finalmente mi dureza había reventado. En mi deseo de ser más sensible, tenía que ablandarme, relajarme y dejar de correr. Siento que me he relajado y me entregado a Dios, único dueño de mi vida. Mis rigideces sólo me han enfermado. Hice una profunda catarsis y luego me sentí como un condenado a muerte, sin nada que esperar y sin mirar para atrás, absolutamente entregada a Dios, con una paz en mi corazón que nunca antes sentí.
Sí siento que soy más sensible después de todo esto y que el dolor me ha permitido unirme a la humanidad que sufre y que llora en silencio y soledad. Me he descascarado y ahora me doy cuenta cuanto necesito el amor de los demás y cuanto necesita la humanidad de nosotros. Me he sentido orgullosa de estar sola, andar sola y arreglármelas sola y sólo era una ilusión.
Siento en mi corazón un profundo agradecimiento por los que me ayudaron a pasar por esto. Por los que en silencio vinieron a mi apartamento a cuidar mi sueño, a servir, a simplemente estar conmigo sin más razones que el amor y la sensibilidad.
Le doy gracias al Amado Jesús por despertar ese sentimiento en mi corazón y prepararme para servir mejor a la humanidad que llora en silencio.
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